Observatorio Europeo de Coaching

Trabajando por el bienestar y el rendimiento de las personas

Artículos / Opinión

En el sendero de la vida, los carteles hacia ‘Conformidad’ y ‘Triunfo’ apuntan en direcciones contrarias.

Por Gregory Cajina

 

Invertimos cerca de cuarenta años de nuestra vida obedeciendo lo que dictaminan nuestros cuidadores, nuestros profesores en la escuela, nuestros pastores religiosos, nuestros entrenadores deportivos, nuestros jefes y supervisores en el trabajo, nuestras parejas, nuestras familias, las personas que nos rodean.

Sin embargo, alrededor de esa edad, se produce un reequilibrio neuroquímico en nuestro cerebro causado por nuestros aprendizajes y nuestras experiencias así como por una menor necesidad biológica de aceptación por la tribu que nos vio crecer, que nos llevan a concluir que, aun en el caso de que fuéramos ‘exitosos’ desde el punto de vista social o público -posición, dinero, imagen, posesiones-, no necesariamente nos sentimos dichosos, satisfechos o realizados. Pareciera que faltara algo.

Saludemos a ‘la crisis de los 40’.

Quizás hayamos satisfecho hasta ese momento todos los preceptos de ‘lo que se esperaba’ de nosotros: cumplimos con los requisitos académicos, laborales, sentimentales, sociales, de lo que nuestro entorno -expresa o tácitamente- exigía de nosotros y, sin embargo, cuando vemos asomar el ecuador de nuestra vida, comenzamos a plantearnos si, de veras, es esto lo que realmente queríamos.

Comenzamos pues a explorar alternativas que hasta ese día no habían sido consideradas (sopesamos emprender, reiniciar vidas laborales o sentimentales, trasladarnos a otras ciudades o países, sumergirnos en nuevos grupos de amistades o de intereses). Y, sin embargo, parecería ser siempre insuficiente: seguiremos teniendo a menudo esa sensación de desazón, de no-completitud, de no-bienestar que nos incomoda pues, sentimos, aunque estamos probando todo, pareciera que nada pudiera calmar esa necesidad de hallar nuestro propio recorrido.

Y es entonces cuando descubrimos que, lo que realmente necesitábamos era una brújula, un norte: hasta ese momento únicamente habíamos contado con mapas, planos, recorridos, perfectamente delineados y definidos… por otros. Éramos magistrales repetidores de las artes que pertenecían a otros.

Cuando definimos nuestra propia Misión aquí, nuestro propio Propósito en este planeta, definimos también una de los energías para la motivación más incombustibles que existen: la decisión de transmitir un legado, de ser, extraordinarios.

Es entonces cuando tomamos conciencia de que, porque nunca éramos criticados, seguíamos fielmente la vía de la Conformidad, la de lo aceptable, lo aprobado, lo cómodo para nosotros y para los que nos rodean.

Sin embargo, la senda del Triunfo, sencillamente, no es cómoda… porque no existe.

No quedará otro remedio: desbrozar la maleza a los lados de las autopistas de ocho carriles que llevan al éxito precocinado que otros calificaron como Edén para abrirse un camino que, solamente, podrá ser trazado por nosotros.

Nos criticarán, nos juzgarán, nos tacharán de insensatos o de irresponsables. Nos dirán ‘no puedes’, ‘no sabes’, ‘no debes’.

Una elección, la de la libertad de elegir, que magnifica al corazón fuerte y fortalece al débil, pero intimida al cobarde. No es momento de arredrarse.

Es cierto también que nadie podrá después seguirnos: los destinos de cada uno han de ser definidos por cada uno.

Sin embargo, para que ese Triunfo tenga sentido, es crucial que se centre en el único sentido que puede tomar:

Apoyar a otros a que desplieguen sus propios Triunfos.

Por donde antes, nadie, tomó ese camino.

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